lunes, 26 de noviembre de 2007

Migración, Siglo XIX Rep. Dom


En el siguiente trabajo podremos comprobar con la historia a la mano, que los dominicanos somos más que lo que nos intenta “vender” la historia tradicional, una mezcla de blancos españoles, indios y en una menor medida, de negros africanos.
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Nuestra cultura es mucho más que eso, es más que una mezcla de etnias y, en nuestro caso, es más que la unión de una raza “superior” dominante, la española y otras dos razas “inferiores” dominadas. Nuestra cultura es mezcla, es unión, es fusión, es también aceptación y encanto por las actividades que realiza el ciudadano común, y no la alta jerarquía que domina los pueblos. Somos una cultura mezclada con otras culturas, eso no nos quita ni nos hace inferiores, no nos empobrece como piensan algunos. Parte de nuestra cultura es el sancocho de origen canario, cultura es el pollo frito de origen chino, cultura también es el acordeón traído por los alemanes o por los judíos, eso aún no está claro. Somos una cultura sincrética y ese sincretismo es debido a la larga cadena de inmigrantes que poblaron nuestro país desde los inicios de la Primera República y siguiente. El autor intentará darnos, a pesar de su visión un tanto generalizada de los grupos culturales, un acercamiento a los distintos grupos de inmigrantes que se asentaron en nuestro país en el s. XIX.

INMIGRACIÓN EN LA REPÚBLICA DOMINICANA
Se podría afirmar que es a partir del gobierno del Presidente Boyer, en el período de la dominación haitiana, (1822-1844) donde se comienza a atraer sistemáticamente libertos norteamericanos al país, a quienes se les ofrecía, como un paquete turístico, el viaje gratis, mantenimiento por cuatro meses y 36 acres de terreno por cada 12 trabajadores. Por motivos de inadaptación, el clima y la cultura del nuevo país, una parte de ellos regresó muy pronto y otra parte, estimada en un tercio del número original, falleció en poco tiempo. Los núcleos más importantes de estos inmigrantes se encontraban en Santiago, Puerto Plata y Samaná. Estos habían llegado a formar un núcleo poblacional extranjero debidamente organizado, que, con la cohesión que le daban su religión y su idioma, se consideraban superiores a los dominicanos y trataban de evitar la asimilación. En los últimos años del siglo XIX el nombramiento hecho por el presidente Heureaux de un hijo de colonistas, el general Anderson, como gobernador de la provincia de Samaná, simbolizó el reconocimiento del grupo de inmigrantes dentro del conjunto nacional.

A partir de 1795 a raíz del tratado de Basilea, donde entre otras cosas, a demás de la separación de la isla, también se establecía la separación de la iglesia y el estado, un nuevo grupo de inmigrantes llega al país, los judíos sefardíes de Curazao. Es principalmente en los años cuarenta, y sobre todo después de la independencia de 1844 que se hace claramente notable la presencia de judíos procedentes de la isla de Curazao. Son ejemplos de algunos apellidos, Pardo, Maduro, Naar, Crasto, Senior, etc.. La inestabilidad política y por otra parte la organización religiosa insuficiente, causaron el regreso a Curazao de muchos de los inmigrantes judíos más viejos. Una de las características de este grupo de inmigrantes, según una carta de Pedro Santana, es que ellos apoyaron económicamente los gastos de la guerra de independencia y en los mismos momentos en que muchos dominicanos no hacían nada ni prestaban servicio, sino que desanimaban con su mal ejemplo a los que sí anhelaban luchar, éstos se ofrecían y luchaban por la causa común. En cuanto a la política financiera de la República, en el período de los 80 del s. XIX, ellos ocuparon posiciones claves en el gobierno. Este grupo fue demasiado pequeño y disperso para mantener una vida religiosa organizada, por lo que recurrían a la masonería para satisfacer sus necesidades religiosas. Estos, con el paso del tiempo, fueron perdiendo su ethos económico, adoptando la mentalidad económica de aquellos, que preferían invertir sus riquezas en casas y terrenos y que elegían para sus hijos varones la preparación académica tradicional de médico o abogado.

Otro grupo de inmigrantes fueron los provenientes de las islas Canarias, calificados por muchos de “laboriosos y honrados”. De las actividades comerciales que este grupo realizaba destacan la de empleado o tendero y la de artesano o pequeño comerciante. Sabana de la Mar, una pequeña población de la Bahía de Samaná, fue fundada por isleños a quienes se les dio plantaciones y ganado para establecer una colonia. Una referencia sobre este grupo de inmigrantes la encontramos en un mensaje del presidente Billini al Congreso Nacional, comunicando que “la llegada ha transcurrido bien, que así ha comenzado una corriente de inmigración laboriosa en el país” y que se le ha regalado terreno a los inmigrantes, que ya han comenzado a cultivarlo.

Otro grupo que destaca en la inmigración en República Dominicana es la de los peninsulares, grupo que fue muy favorecido por Luperón pues éste veía en ellos una gran utilidad para el Cibao pues éstos traían consigo dinero y crédito y podían dar movimiento, progreso y vida a la provincia. Ya en 1871 era señalado el hecho de que paso a paso fueron los catalanes y los españoles los que se fueron adueñando de la influencia comercial y política del Cibao lo que ocasionó trascendentales consecuencias para muchos de ellos, que se arruinaron, mezclados en una política que ningún resultado favorable podía darles.

Otro grupo de inmigrantes que se acercó a la isla fueron los cubanos y los puertorriqueños, de hecho, en la ciudad de Santo Domingo estaba radicada la Delegación Revolucionaria Cubana. Miles de cubanos se entregaban al trabajo, en la ciudad o en el los campos vecinos, a la vez que conspiraban contra España. Pedro Francisco Bonó, pionero de la sociología en la República Dominicana, criticó la “repentina y obligada inmigración cubana y la muy liberal política de concesiones y franquicias. Él hablaba de prvilegiomanía. “Que vienen capitalistas extranjeros y establecen cuatro o seis haciendas de caña de azúcar sobre terrenos feraces casi a precios de regalía y a orillas del mar o de ríos navegables”. Mientras más veo proteger la caña de Santo Domingo, decía Bonó, más pobre veo el negro de Sabana Grande y Monte Adentro y si sigue ello, no está lejos el día en que todos los pequeños propietarios que hasta hoy han sido ciudadanos vendrán a ser peones o, por mejor decir, siervos y Santo Domingo, una pequeña Cuba, o Puerto Rico, o Luisiana. El Eco de la Opinión señala: “si es verdad que un cubano fue quien fomentó la primera finca de caña en Santo Domingo, no lo es menos que otros de distinta nacionalidad y entre ellos muchos dominicanos, también hicieron lo mismo”.

De la migración de los haitianos se habla muy poco debido a que realmente dicha migración dio inicios a principios del siglo XX. Pero se señala como una de las pruebas del carácter pacífico del pueblo dominicano que “a pesar de la aversión nacional que se siente por Haití, hay en este momento centenares de haitianos que viven tranquilamente y se dedican a sus actividades en territorio dominicano”. Hay que señalar que años posteriores el surgimiento de la industria azucarera intensificó la inmigración de trabajadores haitianos.

Los inmigrantes de las islas británicas. Varios de estos inmigrantes parecen haberse dedicado a las actividades de cobrador, probablemente entre los grupos sociales más bajos. Eran especialmente con Puerto Plata que estas islitas mantenían un contacto frecuente. Los árabes, grupo de inmigrantes cuyas prácticas comerciales, en especial la de las ventas ambulantes, generó protestas de los comerciantes urbanos ya establecidos que vieron reducido su radio de acción comercial tanto por las bodegas de las grandes industrias agrícolas, como por los vendedores ambulantes árabes quienes muchas veces compraban sus mercancías en las bodegas. La colonia árabe, señala el autor, muy distinta a la de los chinos, ha contribuido grandemente al ornato de la ciudad. Los italianos, su actividad comercial, agrícola, industrial, educacional y periodística contribuyó, según el autor, al crecimiento cultural y económico de la ciudad. Los chinos, de las actividades más destacadas están: el negocio de lavandería, luego el negocio de restaurantes, en el cual ocupaban, en aquél entonces, un lugar primordial. El autor señala que estos no aportan nada para el ornato de la ciudad donde viven, no son festivos, no asisten a los teatros, a las galleras ni a las iglesias, parques y conciertos.

CONCLUSIÓN
La inmigración es un fenómeno característico de la modernidad, que lejos de destruir una nación o una cultura, puede enriquecerla y llenarla de vitalidad y en algunos casos hasta de progreso económico. La inmigración en la República Dominicana ha significado para nuestro país, contrario a los que muchos podrían decir, un avance tanto económico como cultural. Debemos de revisar nuestra política migratoria para que en el caso de migraciones masivas, como lo es el caso haitiano hacia la República Dominicana, sepamos dar una respuesta certera que beneficie a ambas naciones, y no estemos dando tumbes a nivel de política de migración abusando de los derechos de los inmigrantes.